Lo maté porque era mío

Dicen que el toreo es un arte como la pintura o la música, pero cada día se unen más voces contra la llamada «fiesta nacional».

© Saúl Ortiz – JM Noticias

Me atrevo, con cierto temor y desconfianza, a plasmar en estas líneas mi opinión sobre el sanguinario mundo del toreo a pesar que con ello levante tantos odios como enemistades, sobre todo entre aquellos que todavía consideran que la cruel matanza animal forma parte de la tradición española, como lo son el vino y las sevillanas. Un recurrido argumento para intentar excusar una actitud que roza lo insolente y lo inhumano.

Toro de Osborne

El toreo es la forma más panderetera y folclórica de asesinar a un ser vivo. Matar con premeditación, alevosía y en ocasiones hasta con nocturnidad sólo por divertir y entretener. Un asesinato con saña y ferocidad en el que todo vale, incluso drogar hasta el límite a la víctima. Ver brotar la sangre de las múltiples heridas causada por las angulosas banderillas, estimula a una masa enfervorecida que menea el pañuelo blanco en señal de agradecimiento. Sentir como se introduce el estoque entre «el hoyo de las agujas» excita tanto como conseguir hacerlo a la primera. Y no por evitar mayor sufrimiento al cornúpeta, sino porque el prestigio del matador proviene de su sapiencia y desenvoltura en el momento de la estocada final.

Los que saben se vanaglorian al decir que es un arte: La tauromaquia. Estar tan cerca de un toro y sentir su aliento en la nuca mientras se ultima el tétrico plan. Una necedad, sobre todo por lo que representa moralmente terminar con la vida de alguien sin su consentimiento. No hablo de la eutanasia, libre opción con multitud de matizaciones y objeciones. Los vítores se multiplican cuando la cuadrilla saca a hombros al torero por la puerta grande, premiando una buena faena. Aquella en la que no ha sido necesario utilizar la puntilla o puñal para rematarlo. Es habitual que lo practiquen cuando el toro se resiste a caer y busca huir de semejante maltrato, quizás sabiendo que se acerca el final. Su final. Envuelto en sangre y con innegables mutilaciones en su cuerpo, el toro es arrastrado por la Plaza mientras el gentío mordisquea las pipas y los algarrobos, esperando para presenciar el segundo asesinato de la tarde. Quedan tres.

Clama al cielo la comparativa que muchos de los que asesinan toros hacen, de forma inconsciente, la violencia de género. Hace algunos días leí una entrevista realizada a Cayetano Rivera Ordóñez en la que rebatía los argumentos de los antitaurinos con una aseveración que me dejó ojipláctico y un tanto aturdido. Necesité pellizcarme para saber que realmente estaba vivo y que lo que estaba leyendo no era fruto de mi imaginación. El de los ojos verdes aseguró que los toreros son los que más quieren a los toros. Los que más sienten su dolor. Los que más lo sufren. Recordé, por un momento, aquellos testimonios de mujeres que, con el alma hecha jirones, denuncian ante los tribunales de justicia que sienten miedo a que sus parejas les arrebaten la vida durante una inesperada paliza. Pánico hacia la figura del hombre. Terror hacia el maltratador, en ocasiones celoso compulsivo y enfermizo que de amor, hiere. «La maté porque era mía». Sirva para reflexionar.

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